El Carrusel del Deseo

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  Cristina Calderón   des. 26, 2015   Textos   0 Comment

La obra de Cristina Calderón posee una gran variedad de registros: intervenciones en el espacio público, pero también en el paisaje; utilización de diferentes soportes, desde el vídeo a la instalación; empleo de los más insospechados materiales y objetos… Sin embargo, intuyo que si Caderón recurre a estos procedimientos inusuales es porque su mundo, su particular universo, tan solo puede expresarse de esta manera.

Ahora bien, ¿cuál es ese universo? Ella recrea una suerte de ficciones o fábulas que giran en torno al deseo y la necesidad de protección, un deseo y una necesidad que no pueden desarrollarse, que se frustran en su ansiedad. Para construir este espacio simbólico hacía falta idear una suerte de vocabulario de signos, de motivos nuevos. Ésta es la razón de su experimentación: responde a una exigencia expresiva.

Pero veamos cómo se ha planteado esta problemática a lo largo de su itinerario creativo. Comenzaremos con un trabajo titulado El cel obert (2002) para la azotea del Espacio 292 de Barcelona. Esta obra consistía en una tela de plástico que cubría el suelo creando una especie de burbuja. El resultado era un espacio extraño, ambiguo, porque al tiempo que constituía una suerte de metáfora de la protección y el aislamiento (invernadero, placenta, burbuja), expresaba también la dificultad o la ineficacia de esta defensa, su fragilidad y vulnerabilidad.

En otro de sus trabajos, Atarte (2002), una intervención en la playa de Benicassim, un globo de helio forrado a modo de nube se arrastró con una barca y se suspendió en medio del mar. La obra, de una singular intensidad poética en su evocación del imaginario infantil, esconde de nuevo un significado ambiguo. El título, Atarte –juego de palabras entre el verbo “atar” y el sustantivo “arte”-, nos da la clave. Efectivamente, para sujetar el globo, la nube estaba “atada” al fondo del mar. Algo subterráneo y oscuro recorre la obra de Cristiana Calderón.

Alguien que me quiera algo es una suerte de marca o logotipo –significativamente, con una ortografía infantil- con la que la artista firma dos series: Habitarte y Mudarte. Ambas utilizan un material muy particular: la guata. Es ésta una materia extraña, completamente artificial, que se utiliza como sustituto de la lana u otros tejidos naturales, especialmente en los forros. Posee además un tacto muy particular. Intuyo que a Cristina Calderón le han interesado estas calidades de “artificialidad”, “sustituto de materia noble”, “tacto extraño” en una línea de continuidad con las obras descritas anteriormente. Ella transforma estas calidades en metáforas.

Habitarte consiste en forrar literalmente espacios interiores de guata. Así, las habitaciones, los objetos parecen como envueltos en algodón. Digo parecen, porque no poseen la calidez de este tejido, sino al contrario: cuando se palpan transmiten esa sensación extraña de la fibra artificial. Para mí, estos interiores de guata son una versión moderna de la casa de chocolate de Hansel y Gretel. Aquella golosina es una especie de trampa: detrás de su apariencia afectuosa hay un castigo. Los interiores de Calderón, de un blanco inmaculado, son en realidad un paisaje helado. Y lo que lo hace perverso es precisamente la ambigüedad con que se expresa, entre la seducción y el engaño.

La serie Mudarte agrupa las performances realizadas por personajes vestidos con una indumentaria de guata en el espacio público. La misma artista se refiere a esta vestimenta como una “escultura portátil”. Estos extravagantes personajes actúan en un contexto determinado provocando disonancias y fricciones: así, por ejemplo, se pasean inocentemente con sus estrafalarios vestidos de guata, juegan a fútbol o van a la playa. De lo que se trata es de provocar una situación insólita que denuncie el ridículo y el absurdo de aquellas figuras extraviadas y fuera de lugar. Cristina Calderón lo explica de esta manera: “La necesidad de no ser un don nadie nos lleva a construir una imagen, un escudo, que nos proteja de la hostilidad del entorno. Las propuestas que se recogen en AQMQA delatan que lo ridículo está mucho más cerca de nosotros de lo que suponemos. Basta con abrir los ojos y ver que cualquier paso que damos nos lleva a lo grotesco, descubriéndonos lo frágiles que somos dentro o fuera de cualquier disfraz”.

La culminación de la serie Mudarte es un vídeo, Órbita Mudarte, que aunque se presentó en la galería Sicart en 2003, se reactualiza ahora para los “II Encuentros Europeos de Arte Joven”. La proyección muestra a la propia artista ataviada con su vestido de guata y maquillada de una manera ridícula en un tiovivo para niños.

Hay varias razones que explican la importancia o significación de este trabajo. Primero, la protagonista es la misma Cristina Calderón. Es ella y no un actor –como en las obras anteriores-, con todo lo que significa de identificación de la artista con la historia y el universo que nos propone el vídeo. En segundo lugar, Órbita mudarte no se exhibe en una pantalla fija, sino que la proyección se desplaza por toda la sala, lo que implica -desde un punto de vista técnico- un alto grado de sofisticación. Por último, en Órbita mudarte contenido y procedimiento se interrelacionan: el giro de la proyección alrededor de la sala se confunde con el movimiento también circular del carrusel.

El movimiento circular connota una idea de alucinación, de recorrido infinito y sin salida. Evidentemente, ello alude a los aspectos más regresivos e infantiles del comportamiento humano. Pero aunque es cierto que la obra de Cristina Calderón explora los pliegues de la psicología humana, personalmente, prefiero esquivar esta lectura. Quiero observar su trabajo bajo otra luz, como una reflexión sobre los límites del arte. En la intervención Atarte el título era la clave: Atarte pasaría por un trabajo inocente si no fuera por este epígrafe. También las series Habitarte y Mudarte contienen la palabra arte. ¿Podrían interpretarse estos trabajos en relación a una reflexión sobre el medio? El deseo de protección y la frustración que transmiten estas obras aludiría al arte como una protección ineficaz, como un deseo infantil que deriva en comportamientos regresivos. Ésta es una lectura, entre otras muchas posibles, de la obra de Cristina Calderón.

-Jaume Vidal Oliveras

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